Nos revolcamos como críos en la fresca hierba, empapados en el rocío matutino. Es como una danza, ambos sabemos cómo actuar y a qué consecuencias nos enfrentamos. En ese momento, el golpe de gracia. Un suspiro prolongado sale de sus labios y cesa todo movimiento. Me quedo unos minutos sobre él, con el corazón latiéndome a mil por hora. Ahora tengo que pensar rápido, ¿cómo me deshago del cadáver?
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