Aquí estoy, esperando a que vuelvas...No puedo evitar que una gota de sudor frío me recorra la frente. Tiemblo. Estoy nerviosa. Le doy la mano a mi marido y se la aprieto tan fuerte que creo que le estoy haciendo daño, aunque él no se queja. Te estás demorando, eso no es bueno. Probablemente estés hablando con tu compañera, ésa del lunar grande en la nariz, cómo decírmelo. Ella tiene pinta de solterona amargada, seguro que tiene un gato...o dos. No ha sido demasiado amable conmigo, espero que no lo sea ahora. Se abre la puerta. Mi corazón se acelera aún más. Se me está durmiendo la mano de la fuerza con que agarro la de mi marido. La mujer entra con el rostro sereno. Se acabó, me está echando ESA mirada. Rompo a llorar y Enrique me abraza para consolarme, pero no puede...nadie puede. Por fin te diriges a mí y, con la voz entrecortada, me dices una sola palabra. Se me encoge el corazón ante la confirmación de la noticia. Me siento un poco culpable, pero no puedes hacerte una idea de cuánto te odio. No tienes la culpa, sé que hiciste lo que pudiste, pero te odio. Y sé que harás lo posible por ayudarme, pero te odio. Aunque algo te voy a decir: Nunca te odiaré más que a este jodido cáncer.
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