-Tienes buen aspecto.-Digo, sin apenas convencimiento.
-No mientas, se te da muy mal.-Está apesadumbrado pero sonríe, y su sonrisa le ilumina su demacrado rostro como si fuera feliz. Se le da muy bien transmitir tranquilidad en los momentos difíciles, es algo que admiro y siempre intento imitar. No importa cuándo ni dónde, lo importante es sonreír. No puedo evitar que una lágrima se me escape. ¡Mierda! Me prometí a mi misma que no lloraría. Entonces me derrumbo.
-No puedo vivir sin ti, cada día se me hace un infierno sabiendo que no estás conmigo. Te necesito y verte así me parte el alma. Te quiero.
-Yo también te quiero, ya verás como todo saldrá bien. No llores, no me merezco tus lágrimas.- Entonces me inclino para besarle, pero mis labios sólo encuentran el frío cristal. Su rostro ha cambiado.-Tengo miedo. Sé que cometí un error y debo pagar por ello, pero quiero salir de aquí.-Sin decir nada apoyo la mano en la mampara y cuelgo el teléfono. Le lanzo un último beso antes de irme. El turno de visitas de la prisión es corto y no hay tiempo para las despedidas. Aún quedan 89 días para su libertad.
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