El camarero se dispone a cerrar cuando ve a un anciano en una de las mesas. El vaso que tenía en la mano se ha caído y ha dejado un reguero de whisky que se derrama en cascada hasta el suelo. El viejo está recostado y duerme su borrachera con la boca abierta. Tiene los ojos hinchados, probablemente de llorar. El camarero se arma de paciencia antes de acercarse. Ya le ha pasado en más de una ocasión y sabe que tendrá que aguantar toda una historieta sobre putas desalmadas, cerdas avariciosas o jefes gilipollas. Cuando se dispone a zarandear al hombre para despertarlo y pedirle amablemente que se marche, éste abre los ojos. Son de un azul tan intenso que parecen trozos de cielo. El anciano sonríe y su faz se ilumina. El camarero, turbado por la visión de aquel extraño hombre, le pregunta por su estado. Le ofrece acompañarle hasta su casa, y en el caso de que no pudiera volver, le ofrece su propia morada. Le dejará dormir en su cama, comer de su comida, le dejará quedarse a vivir una temporada. El viejo suelta una carcajada y vuelve a sonreír, esta vez más abiertamente. El camarero sigue insistiendo, todo para que el hombre sonría de nuevo y sea feliz. De repente el anciano se levanta grácilmente, deja una nota y se marcha silenciosamente. El camarero la lee anonadado: <<Hasta los ángeles necesitan olvidar.>> Se ríe, incrédulo, y se marcha cerrando el local tras de sí. Ha olvidado barrer bajo la mesa del borracho, así que aún ignora la pluma iridiscente que reposa en el suelo.
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