Tener la vida de una persona en tus manos es algo bastante irónico. Ser el juez de su muerte, aún más irónico. Que tu vida y tu existencia dependan de la muerte de esa persona, es horrible. Al final te decantas por una opción egoísta, pero, al fin y al cabo, ¿qué importa?. Todo cuanto tenías se derrumbó; todo cuanto amabas se hizo pedazos el día que otro monstruo como tú tomó la misma decisión. Una decisión egoísta, pero llevada por un peligroso instinto de supervivencia. Su vida se desliza a través de tu garganta, oyes a tu víctima gritar pero nadie puede oírla. Y, aunque así fuera, nadie podría ayudarla. Tus sentidos se bloquean en una sensación placentera, pero no dura más de dos minutos. La culpabilidad no tarda en adueñarse de tu mente, haciéndote sentir más sucio que antes. Haciéndote ver lo antinatural de tu presencia. Dejándote bien claro que no deberías existir... Hay dos maneras de matar; una, dándole la posibilidad de un probable juicio en el más allá, y dos, condenándole a una vida eterna como un monstruo. A mí, personalmente, se me hace más soportable la primera. Me llamo William Connery y soy un vampiro.
No hay comentarios:
Publicar un comentario