Otra vez está ahí, como siempre. Cada mañana llega al arroyo y se asea rápida y concisamente. Cuando agita su cabeza para eliminar el exceso de agua miles de gotitas cristalinas salen despedidas, brillando a la luz del Sol matutino. Se aleja con caminar desgarbado. Es preciosa. Me dispongo a salir de mi escondite tras los matorrales cuando ella se gira bruscamente. Ha oído algo. Quizás me haya oído a mí. Rápidamente me agazapo bajo un frondoso arbusto. Desde aquí no puedo verla. Espero un rato. Decido salir y ya no está. Suspiro aliviado, no puede descubrirme. Nadie puede. No está escrito que sea posible el amor entre un feo jabalí como yo, y una hermosísima cierva como ella.
No hay comentarios:
Publicar un comentario