Una gota oronda se desliza pesadamente. Traslúcida y brillante, está cargada de sentimientos. Grita improperios y acusaciones hirientes. Grita arrepentimiento. Según desciende, la gotita va dejando un reguero de disculpas. En la cristalina superficie se adivina un rostro ofuscado, cuya mirada es tan triste y está tan llena de decepción que apenas cabe en su salada esencia. No hay tiempo a que recorra la mejilla completa. La lágrima de orgullo es arrastrada por una decidida mano que contribuye, de nuevo, a ocultar la culpa de su dueño.
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